lunes, 11 de enero de 2016

El Mirador, un oasis de desconexión en México.

México es una país cuya naturaleza resulta apabullante. A pocas horas de la capital, Valle de Bravo supone un oasis de verdor y desconexión muy cotizado. El Mirador es un proyecto que se inscribe en este entorno, un pabellón vacacional que incorpora todas las comodidades y asegura las mejores vistas al lago. Es obra del estudio CC Arquitectos Manuel Cervantes Céspedes.

El Mirador es uno de los primeros pabellones que se ha construido en la propiedad privada de El Eterno, de más de 95 hectáreas. Su nombre, El sirve a su propósito ya que está situado en uno de los bordes de la parcela, donde el lago emblemático de la zona puede ser particularmente apreciado.
El Mirador está semienterrado por uno de sus lados, con el fin de proteger los espacios habitacionales del clima. La exuberante naturaleza, las vistas que proporciona y sus acabados rústicos son los componentes principales, buscando como objetivo que sus características arquitéctonicas se integren y perduren en el tiempo.
El programa arquitectónico relajado, y la flexibilidad y versatilidad de los espacios remite a la fuerte personalidad del propietario y a su intensa vida social. El programa arquitectónico se distribuye en una amplia sala de estar que se conecta con el exterior, lo que permite la expansión del área social hacia la terraza principal. Tiene un dormitorio con su baño privado, cuyo interiorismo, al igual que el del resto del pabellón firma el estudio Habitación 116.
Este proyecto partía de una premisa básica, el respeto a la selva, lo que ha motivado que la construcción se plantee semienterrada, para adaptarse mejor a la topografía y reducir su impacto constructivo. Los materiales utilizados son típicos de la región: la estructura es una combinación de acero y vigas de madera, y los muros de contención están hechos de piedras de la zona. Asimismo, antiguas vías y traviesas de ferrocarril se usan de forma reciclada en el exterior del pabellón.
La cocina tiene una gran isla central cubierta con una encimera de pizarra. Esporádicamente, la isla adquiere también el uso de mesa de comedor y de espacio de trabajo.
El acceso principal, por su parte, colisiona con una gran masa de agua que es paralela a un espacio que sirve para dar de beber a los caballos, habituales en la finca. Un pequeño muro de traviesas de madera esconde discretamente esta zona; los coches pueden ser estacionados y parecen estar aislados de la construcción.

Para más información visiten: CC ArquitectosHabitación 116
Vía: diarioDESIGN