lunes, 6 de febrero de 2017

Hikari. Un yakitori bar a la valenciana.

Misma sensación pero distinto look. Bueno, tampoco distinto. Más bien es la reinterpretación occidental, esteta y particular de Masquespacio para un yakitori tradicional de Tokio ubicado en Russafa, el Kabukicho de Valencia, es decir, el barrio por excelencia de las tabernas de pinchos (que es lo que significa yakitori en japonés).
Hikari es, por otra parte, la continuación del Nozomi. Éste es el segundo local de José Miguel Herrera y Nuria Morell, unos amantes de la gastronomía nipona que hace dos años dejaron todo atrás para ofrecer una de las mejores cartas de sushi, sashimis y tempuras en Valencia. Ese restaurante se llama Nozomi, que significa ‘sueño cumplido’. Y puesto que hay lista de espera de dos meses para según qué hora de la semana, está claro que el sueño se ha más que cumplido.
Parte del éxito del Nozomi – aparte de su comida, claro está – es el hecho de que adentrarse en él es una experiencia sensorial que permite al cliente pasear por una calle de Kioto. En el Hikari, el viaje transcurre por Tokio, en concreto por las calles de Kabukicho, Omoide Yokocho y Hajimeya, donde se concentran la mayoría de las tabernas de yakitori.
El resultado es diferente, lógicamente. Pero la fórmula empleada es la misma: jugar al dualismo. Desde la fusión entre lo tradicional y lo contemporáneo al detalle de que tanto Nozomi como Hikari son también los nombres de dos famosos trenes japoneses. Y hay ruido de calle pero también ambiente íntimo.
La elección de Masquespacio para el primer y el segundo local es de cajón pues ellos mismos son los primeros que juegan al dualismo al mezclar diseño y marketing para crear marcas y proyectos de interiorismo muy personalísimos y siempre frescos.
El segundo elemento a destacar en el proyecto es la representación del paisaje urbano dentro de un local. Aquí nos encontramos con la entrada de un túnel de la capital nipona desde la misma fachada. Un túnel largo que guía al comensal hasta llegar a un zona más amplia que toma la forma de una plaza con un puesto de comida y una serie de casitas como símbolo de los comercios, las cuales albergan mesas para grupos pequeños.
El túnel del Hikari es tenue, alumbrado por farolillos y el fuego que sale de la cocina. En él se crea también un juego de sombras propio de la arquitectura nipona. En la plaza, los materiales se mezclan como ocurre en la vida real: acabados metálicos, cemento, madera y ladrillo.
Otra de las bazas de Ana Milena Hernández Palacios (encargada de la parte del diseño) y Christophe Penasse (el marketing) es la siempre perfecta elección de los colores. En este caso han elegido una paleta monocroma de grises y oxidados, con un tono de madera que aporta calidez.
Por último tenemos la reinterpretación de los símbolos. Tokio está lleno de ruido, olores y colores. Tantos, que abruman. Este último elemento también está presente en el Hikari pero de manera menos agresiva. La solución pasa por sustituir los carteles de neón por esculturas de luz que cuelgan en el techo y las paredes en forma de lamas translúcidas y brillantes.
Fotografías: Luis Beltrán

Para más información visien: Masquespacio
Vía: diarioDESIGN