domingo, 20 de noviembre de 2016

Luz cenital

Luz cenital: autonomía del espacio interior

La envolvente perimetral de un edificio, el conjunto de sus fachadas, está construida generalmente por muros. Las ventanas son aberturas practicadas en los muros que determinan el contacto entre interior y exterior. El tamaño y posición de las ventanas establece el grado y tipo de comunicación, de diálogo entre el interior y el espacio exterior, ya sea éste urbano o natural. Un sistema de relaciones que la fachada se encarga de expresar.


Las ventanas permiten la iluminación de las estancias a las que se abren. Son fuentes de luz hacia el interior y suponen una participación del espacio exterior desde aquel. Las ventanas establecen con el exterior una doble relación de visión e iluminación en sentidos opuestos. Puede decirse que la ventana convencional establece una comunicación real, de simpatía, con el exterior.

El espacio interior sin aberturas en los muros verticales e iluminado desde lo alto convierte al exterior en una realidad ajena. Es entonces cuando se pasa de una relación de visión-iluminación a una de iluminación solamente, en la que, además, a veces se oculta la fuente luminosa. Las aberturas en la cubierta nos proponen una relación con el exterior abstracta, casi irreal. Su autonomía va acompañada de una luz íntima, enigmática, secreta, protegida, ajena a la realidad circundante y, a veces, algo clandestina.

La cubierta es el exterior expresivo de la luz cenital que permite más variedades de formas que las fachadas, casi siempre más condicionadas por la construcción y el orden de la ciudad.

Los espacios interiores disponen, con la luz cenital, de una atmósfera luminosa privada e independiente. La luz desciende hacia el suelo con la ayuda de la forma y el relieve del espacio interior, o sin ella. Las escaleras y las rampas pueden contribuir a guiar su descenso.

Estos espacios son ajenos al exterior y tienden a parecer pozos, grutas o subterráneos. Dan la sensación de que el exterior está más arriba, por donde llega la luz y, por consiguiente, el interior parece enterrado.

Las aberturas en cubierta construyen una fachada oculta que está al servicio exclusivo de la luz y que no es, en principio, significativa.

Tan sólo se considera que las cubiertas forman parte de la composición de alzados, de las fachadas, cuando son volúmenes sobresalientes, de altura considerable, como las cúpulas y los tejados inclinados. Incluso han sido las que han caracterizado a muchas arquitecturas en una visión frontal.

Es sabido que si no hubiera atmósfera, el sol brillaría durante el día sobre un fondo negro, como ocurre en la luna. El interior de un espacio abierto al cielo y situado en la luna sería negro, si los rayos del sol no entraran directamente en él. Tan sólo en la atmósfera terrestre este interior tendría luz aunque no entrara el sol directamente, por la reflexión de la luz solar en la atmósfera.

Ojeadas de sol: los rayos del sol son conducciones de luz que llegar a la superficie de la Tierra entre resquicios de nubes. Éstas forman un fondo oscuro sobre el que los rayos se nos muestran corpóreos. En el interior de la arquitectura también se pueden reconstruir estos rayos de sol mediante aberturas en la cubierta para darles paso. En el interior destacan sobre la oscuridad o la penumbra del espacio.

Debe entenderse que a la luz se la llama corpórea cuando se crea la ilusión óptica de que la vemos como un cuerpo sólido.

Hay que tener en cuenta que representar la ilusión de la corporeidad de los rayos del sol ha sido siempre un empeño difícil. En la pintura y escultura, por ejemplo, raras veces se ha conseguido evitar soluciones ingenuas o caricaturescas, muchas de las cuales despiertas antes la sonrisa que el interés.

Cuando estamos situados en el espacio de luz de un rayo de sol advertimos su presencia por las manchas luminosas que deposita sobre las superficies de los cuerpos. Se amolda a sus volúmenes como si de un envoltorio luminoso se tratara. Las manchas de sol cenital aparecen siempre en los interiores dejando huellas de luz en movimiento y acentúan su enigmatismo cuanto mayor es la oscuridad del espacio y menos la embocadura de la luz.

El soñado polvo de estrellas está asociado probablemente al desprendimiento de partículas luminosas sobre la Tierra con el mismo tamaño subjetivo con que percibimos los luceros en el firmamento. Las lluvias de meteoritos o estrellas fugaces y los cometas son fenómenos naturales que han contribuido también a ese sueño.

La luz cenital puede presentarse corpórea, tomando su color y textura de los materiales semiopacos que atraviesa, como tejidos, cristales blancos, plásticos o láminas de piedra.

En situaciones en que lámparas translucidas, de cristal o de papel, blancas o de colores, están colgadas o pegadas al techo, podemos imaginar gotas gigantes y caprichosas de luz cenital corpórea.

En otras ocasiones la luz aparece encajada o excavada en la masa de las fábricas de techos o paredes como si fueran volúmenes de luz cenital acurrucados en la penumbra.

El instrumental quirúrgico del iluminador cenital: corte, recorte, pinchazo, boquete, conducto, escafandra, capucha, linterna....

Se muestran aquí las heridas que se producen en los techos para introducir la luz cenital en los interiores. Al intervenir en la cubierta de un edificio, la variedad de artefactos y la violencia de los artificios utilizados con este fin sugieren, por asociación de ideas, el instrumental quirúrgico.

La manera más inmediata de hacer entrar luz por una cubierta es abrirle un agujero. Los procedimientos pueden ser violentos o inesperados, como el boquete que abre un proyectil, o el derrumbe de parte de la techumbre por sobrepeso o por ruina. Si se trata en cambio de acciones premeditadas, el barrenado, el corte o el recorte son las más elementales.

Algunas actividades lúdicas relacionadas con el corte de objetos pueden servir de referencia para interpretar operaciones similares en la arquitectura. La decoración de las calabazas para Halloween, o de las sandías y melones para construir farolillos, estarían en el camino que va desde el Cenotafio a Newton de Boullée hasta el remate del edificio de la Secesión vienesa.

Son numerosos los casos en que los arquitectos han optado por utilizar los artefactos protectores del hueco como elementos plásticos y expresivos de su obra, de tal modo que, a menudo, pueblan las cubiertas como si forraran barrenos destinados a perforarlas. A veces el barreno se ve también en el interior y expresa la entrada de la luz como una inyección. Otras, cuando la cubierta tiene un espesor importante, no se expresan ni en el interior ni en el exterior, y la luz recorre trayectos retorcidos o caprichosos. También los interiores de estos conductos de luz reciben tratamientos variados. Unas veces se pintan con colores distintos y tiñen la luz de un modo que el ojo no siempre aprecia. Otras veces se recubren de espejos y entonces la corporeidad de la luz se nos manifiesta como un fluido denso, como ocurre con el fuego o los rayos láser.

Desde el exterior, todos estos elementos o artefactos que pueblan las cubiertas parecen estar ahí por efecto del viento, como si un vendaval los hubiera inclinado, o incluso como si los hubiera depositado un huracán.

En cuanto a su aspecto, casi todos esos elementos productores de luz se asemejan a cacharros de cocina, a muebles, a armarios o a adornos extravagantes e, incluso, a escotillas de barco, a otros tejados y a otras casas depositadas por el huracán. También los hay que parecen verrugas y malformaciones de la piel, o protuberancias de la cabeza. Otros evocan los fragmentos de vidrio clavados en los remates de los muros de las vallas.

Las chimeneas, ventilaciones y aireadores son también buenas entradas para la luz, a la vez que lo son de salida de humo o entrada de aire. Hay chimeneas muy grandes que, colocadas sobre edificios pequeños, podrían hacer un buen papel como lucernarios.

Las clásicas linternas, templetes para la luz cenital, establecen normalmente una relación mimética con las cúpulas a las que dan remate. Éstas, a su vez, son como linternas agrandadas que acostumbran a cubrir cruceros, iglesias, capitolios, etcétera. No por habituales, las linternas dejan de ser extraños habitantes de las cubiertas, aunque sean sus señores indiscutibles.

Por los intersticios de la estructura

Se trata aquí de la luz que entra por los espacios de separación entre los distintos elementos estructurales de las cubiertas.

Algunas cubiertas están apoyadas y soportadas por paredes. Entre unas y otras se puede producir una junta que las separe y deje entrar la luz. Si la abertura se realiza en la parte del muro, la cubierta se convierte en una superficie difusora: en cambio, si la abertura se practica en la cubierta, la pared colabora en el descenso de la luz y a veces se parece a una cortina luminosa. Hay que tener siempre en cuenta que, en el primer caso, para que se pueda hablar de luz cenital las aberturas deben estar altas. Las cubiertas escalonadas pueden repetir este modo de entradas de luz, tanto por la perforación de las cubiertas como de los muros.

Estas superposiciones de cubiertas con entradas de luz entre ellas tienen su solución más espectacular en los edificios que parecen una agregación de caparazones.

Las juntas de dilatación son espacios entre cuerpos, apropiados para situar en ellos una abertura.

Cuando una cubierta está formada por agregación de elementos unitarios de tipo "parasol", los intersticios entre ellos son pasos evidentes para la luz cenital.

Idéntica situación se produce con la desaparición de la plementería entre los elementos estructurales más usuales, concepto que se extiende a todo tipo de retículas y pérgolas.

Otras veces, las estructuras tridimensionales para cubiertas se asemejan a los trabajos de cestería, donde los arcos, como los juncos, se entrelazan dejando espacios vacíos, intersticios para la luz cenital. A través de lo que queda entre esos arcos, la luz pasa libremente, siempre y cuando no se rellene con la plementería correspondiente que configura la piel de las bóvedas, cuya osamenta son los arcos.

Existen muchas cubiertas, sobre todo bóvedas y cúpulas, que parecen levantadas por la luz que entra por lunetos o ventanas en el perímetro de su apoyo. A veces dan la impresión de ser globos hinchados, o paraguas abiertos, sujetados por puntos al edificio al que cubren.